lunes, 7 de abril de 2014

8. Historia Contemporánea, España e independencia Latinoamericana; Guerra colonial y crisis de 1898.


GUERRA DE INDEPENDENCIA CUBANA


Ilustración I: mapa de McNally Rand Company de Chicago en 1904. En ella se hace especial hincapié en las líneas ferroviarias del nuevo protectorado estadounidense.
Ilustración tomada de: http://www.wdl.org/es/item/11323/#q=Cuba

 

Alumna:

Bulpes Fernández, Carmen

Trabajo tutorizado por Dña:

Encarnación Barranquero Texeira
Universidad de Málaga


1.   Contextualización: marco histórico, geográfico, climático, demográfico y social

La isla de Cuba, conocida como “La Llave del Golfo” en época colonial, es la isla de más tamaño de las llamadas Antillas mayores. La isla mayor podemos dividirla en tres territorios: oriental, central y occidental. La zona oriental en época colonial estaba muy poco poblada; la zona central de igual modo, no lo estaba mucho más y conservaba el bosque tropical, irrumpido por ciénagas y campos de caña de azúcar; la zona de mayor riqueza es la occidental, casi totalmente desforestada para su uso en cultivos –tabaco, azúcar y café-[1]. Sería en la zona oriental, de gran pobreza, donde nacería el sentimiento nacionalista, criollos, negros y chinos se unirían por un mismo objetivo[2].
Su clima tropical tendría especial incidencia en las campañas bélicas. El independentista Máximo Gómez al preguntarle un periodista estadounidense cuáles eran sus mejores generales no dudó en responder “junio, julio y agosto”[3].
A fines del siglo XIX, Cuba tenía una población de un millón y medio de habitantes, la mitad de ellos negros y mulatos. Más de un millón vivía en la zona occidental –dominios de azúcar y otros cultivos- zona bajo el dominio de la Habana; mientras que otros 300.000 vivían en la zona central, habitando el resto en la zona oriental[4].
En este contexto de manutención del legado Imperial, España también poseería otros territorios en otros continentes como en África –islas Canarias y las plazas de Melilla y Ceuta- integrados desde la Edad Moderna, a los que se le sumarían otros en el siglo XIX tras la Guerra de Marruecos –finalizada en 1860-, una de las campañas bélicas de carácter intervencionista, que junto a Gran Bretaña y Francia, se llevarían a cabo. Otras a destacar y sin las que no podríamos entender el contexto internacional serían: la expedición a México, la ocupación de Vietnam, la Guerra del Pacífico –por la que el antiguo Imperio recuperaría momentáneamente Santo Domingo[5]- y la expedición a Guinea, por la cual España se consolidaría como potencia africana.
A pesar de ello, la España de la Ilustración, respecto a épocas y andaduras pasadas, adoptó una política internacional proteccionista en relación con su legado Imperial. Para ello, y debido al escaso poder geopolítico que conservaba, Cánovas, buscaría el apoyo de potencias como Francia y Alemania. Esta época de recogimiento se contrapone con el expansionismo o neo-imperialismo que adoptaron competidores como EEUU. Para el apadrinamiento de Francia, España tuvo que estabilizar sus conflictos internos –carlistas y republicanos-. Este acuerdo se mantendría vigente hasta el gobierno progresista de 1887[6].
Estas intervenciones trajeron consigo un prestigio internacional paralelo a pequeños incrementos territoriales. España se posicionaba como un país cauteloso sin ambición que había pagado un elevado coste económico y social por mantener sus alianzas. Pese a las indemnizaciones de guerra, como el conflicto marroquí, estas campañas supusieron el empeoramiento del déficit y un gran número de movimientos pacifistas en respuesta de las pérdidas humanas[7].

2.   Antecedentes a la insurrección: políticas liberalistas y ruptura del acuerdo colonial

Durante los intervalos centrales del siglo XIX, desde 1837 a 1878, la metrópoli aplicó un régimen constitucional en Cuba, mientras que en fechas anteriores la única política llevada a cabo estuvo dirigida a reforzar las figuras y poderes del Gobernador y el Capitán General[8]. Desde el reinado de Carlos III, pero con mayor incidencia desde Carlos IV, se han venido observando políticas metropolitanas catalogadas por coetáneos y espectadores contemporáneos como actos de agresión para con los gobiernos coloniales, quienes comenzaban a ostentar una gran autonomía[9].
El cubanista Allan Kuethe propuso, después de una ardua investigación en archivo, que el acuerdo que alcanzó la élite isleña con el gobierno peninsular entre 1763-1765, tras la recuperación de la plaza de la Habana en manos inglesas, se fundamentaba en el establecimiento de un nuevo sistema fiscal a cambio de la liberación comercial. Asimismo, habría que añadirle ventajas de tipo honorífico como la lideración de las milicias urbanas[10].
Estas concesiones se establecieron en dos fases sucesivas: con las reformas de Gálvez, en primer lugar y, más adelante, con las de Godoy, hecho que se denominó “despotismo ministerial” por los nombramientos a dedo y prebendas por los que se caracterizaron. Todo ello marcaría el punto álgido del poder criollo, formalizado en 1760[11].
El cambio de rumbo en el sistema colonial comenzaría con los liberales progresistas –desde Mendizabal a Espartero-[12], misma corriente que logró consolidarlo entre 1840 y 1868, lo que impediría movimientos reformistas hasta la Paz de Zanjón en 1878[13]. Ello nos sitúa en un contexto problemático, un siglo XIX de carácter deficitario, que se agravaría aún más con la llegada de la pareja formada por Isabel II y los progresistas liberales, hecho irremediablemente unido a las Guerras Carlistas y al desgaste de las arcas públicas que ellas supusieron.
En todo el conjunto territorial que componía la monarquía sólo había una posesión con excedentes de capital: la isla de Cuba[14]. Emporio económico desde el ’35, primer productor y exportador de azúcar del mundo, además de ser uno de los más importantes en tabaco, café, bananos y cobre. Según Ramón de la Sagra, Cuba suministraba más de la cuarta parte del azúcar consumido en Occidente[15]. Su superávit servía para compensar las pérdidas que reportaba el resto del legado colonial, así como los conflictos internos en la península[16]. Todo ello propiciaría que en las primeras décadas del siglo XIX se desarrollara un período dorado en las relaciones de la élite cubana y el gobierno de Madrid[17]. El período de mayor esplendor de las relaciones internacionales isabelinas se produciría durante el gobierno de la Unión Liberal –entre 1858 y 1863-. El decaimiento de EEUU por sus propios conflictos internos facilitó la libertad de movimientos en las colonias de ultramar[18].
La burguesía sacarócrata habanera había conseguido establecer unas relaciones coloniales asimétricas a su favor, por ello, el giro político hacia la metrópoli supuso que comenzara a establecerse lazos con las oligarquías isleñas. El aumento de aranceles y los derechos preferenciales por bandera afectaba enormemente a la aristocracia criolla, mientras que beneficiaba a los grandes comerciantes refaccionistas, traficantes de esclavos, etc. quedando el poder isleño en manos peninsulares, desplazando a la élite cubana[19]. Asimismo hay que destacar otro grupo como los blancos de clase media, que aún estando en un principio posicionados con la metrópoli, su hipernacionalismo e intransigencia les iría alejando; cincuenta mil soldados combatirían en las unidades de voluntarios contra los insurgentes pese a su desacuerdo, desatando una verdadera guerra civil[20].
Otra explicación a la basculación de poder isleña, obviando los intereses de los grandes inversores peninsulares, se justifica con el temor a perder la isla cuando la metrópoli más la necesitaba. Las conspiraciones llevadas a cabo por los independentistas –también denominados peyorativamente filibusteros[21]- nunca, salvo excepciones, habían contado con el apoyo de la élite, eran movimientos del populacho. Además de la posición de los Estados Unidos en el conflicto colonial español; a principios de siglo EEUU había declarado que tarde o temprano la isla sería parte de la Unión. La participación yanqui en el despegue comercial cubano es innegable, hacia 1840, la Unión compraba y vendía a Cuba tanto como la Metrópoli, porcentaje que no pararía de ascender en décadas posteriores. Todo ello impulso a España a copiar el modelo colonial inglés, protegiendo y aislando sus colonias ante la amenaza extranjera[22]. “¿Pero hemos de cederles Cuba, Puerto Rico y Filipinas sin que les cueste un río de sangre”[23] El liberal
La exclusión en 1837 de los diputados cubanos de las Cortes implicaría el nacimiento de un nacionalismo cubano en las élites burguesas, antes ligadas a la monarquía, que buscaban de este modo librarse del agente opresor que suponían. Estas segundas generaciones criollas eran vistas como jóvenes idealistas, educados en los Colleges del Este de Estados Unidos, con lazos y relaciones que hacían ver a estos como el súmmun del progreso, lo que ellos, bajo el yugo español, nunca llegarían a conseguir. Mientras, el viejo Imperio estaba desgarrado por una costosa y desgastadora Guerra Civil[24].
Esta nueva generación no era independentista per se, y por lo tanto tampoco nacionalista, pero ante el germen liberalista español y las deficientes actuaciones de sus enviados como Miguel Tacón, se trasladarían políticamente a un pro-anexionismo. Querían ser una provincia ultramarina de la península, con todas las consecuencias sociales y económicas que ello implicaba. Estos criollos enriquecidos en el período anterior sustentarían al movimiento y a sus líderes, como por ejemplo a José Antonio Saco, uno de los diputados expulsados de las Cortes en 1837.
De igual modo cabe destacar que algunos de los derechos exigidos por este movimiento cubano aún no existían en Europa, sino que lo hacían en EEUU y con muchas matizaciones como lo era la libertad de prensa[25].
Ante el intento fallido de Miguel Tacón de recuperar el control de la isla, se haría con su puesto el conde de Villanueva, Claudio Martínez de Pinillos, conocido como el vocero de los criollos en el siglo XIX, quien en vez de buscar la devolución de los derechos que se les habían negado expuso una nueva salida, la anexión a los EEUU. La presión yanqui, pese a su fuerza, sería frenada por Gran Bretaña y por Francia, quienes buscaban mantener el equilibrio de poder[26].
José Gutiérrez de la Concha sería el sustituto del conde entre 1854 y 1858, enviado desde la península con un claro objetivo, poner orden en la isla y aplicar la reforma de 1856[27], paralela a la creación del Banco español, usado como mero instrumento de control. Todo ello se desarrolla en un contexto de cambios; desde 1765 hasta 1830 había existido un cuerpo de milicianos con el objetivo de la defensa de la isla, pero con la llegada de Gutiérrez de la Concha se crearía un Cuerpo de Voluntarios, financiado por Julián de Zulueta, con el fin de controlarla y establecer el orden constitucional de la Metrópoli[28].
Todo ello –influjos europeos revolucionarios, influencia americana y la altísima carga impositiva[29]-, sumado a la crisis del azúcar propiciaría que la mayor parte del grupo autodenominado anexionista virará hacia el reformismo[30], iniciando la carrera hacia la Independencia. El reformismo sólo sería la chispa que haría saltar la revolución. La crisis de la industria azucarera arrastraría consigo el sistema esclavista, y con ello todos los modos productivos de los propietarios de los ingenios, hecho que sería palpable entre 1861 y 1870[31].
El haber sido desplazados del gobierno se volvió la queja más explotada por la élite cubana de la lista de reformas que se realizaron[32]. A mediados del siglo XIX, el azúcar cubano encontraría un serio rival en la azúcar de remolacha, lo que propiciaría un viraje al mercado americano, que en 1894 ya suponía el 94% de las exportaciones cubanas. Ello nos explica que a partir de los años ’50 nace una tendencia anexionista con EEUU, quienes veían en Cuba la posibilidad de mantener el modelo esclavista a pesar de las confrontaciones con los estados del sur, hecho que compensaría el avance del abolicionismo en los estados norteños[33]. Era tal el interés que hubo varias propuestas de compra por EEUU sin respuesta española entre 1812 y 1897. Durante la primera mitad del siglo los yanquis verían frenadas sus ambiciones por Inglaterra, pero una vez acabada la Guerra de Secesión y puesto en orden sus demás conflictos internos, los esfuerzos se renovaron[34]. Ya desde principios del siglo XIX, la perla de las Antillas era más americana que española, pese a sustentar su soberanía Estados Unidos exprimía el beneficio[35], pero su titularidad era mantenida por temor a abrir un conflicto de rango internacional donde la isla se traspasara, en una carambola impredecible, a Gran Bretaña[36].
Con el resultado de la ocupación de casi todos los territorios españoles en América, África y Oceanía, observaremos el aprovechamiento yanqui de la deficiente situación española respecto a sus territorios coloniales; lejanía, dispersión y mala estructura administrativa, serían principios claves para que este proyecto neo-imperialista pudiese llevarse a cabo[37].
La lejanía de las colonias pacíficas y antillanas respecto a la metrópoli, y en contrapartida su cercanía a EEUU facilitaba la problemática y evidenciaba la debilidad española. La incapacidad militar y la superioridad diplomática del enemigo, con gran calado en las colonias, haría que el interés de España fuese mantener el status quo, pese a la presión[38]

3.   Corpus bélico: enfrentamientos entre la colonia y la metrópoli

El episodio de la Guerra Colonial española merece un estudio aparte en la Historia reciente del Mundo. No sólo fue la pérdida de las últimas colonias de ultramar de un Imperio en su última fase de decadencia, sino que forma parte de nuestro pasado reciente, siendo su sustrato base de cambios en ámbitos de lo social y político que desencadenan nuestro contexto presente. De igual modo no se puede atribuir como un absoluto dicha pérdida territorial a las derrotas navales de Cavite y Santiago de Cuba, sino a un contexto que se remonta décadas, incluso  siglos[39].
Una rápida contextualización del problema cubano nos acerca a la rápida paz de Zanjón del ’78 –primer conflicto conocido como la Gran Guerra para los castellanos o la Guerra de los diez años para la historiografía cubana-, desde 1868 hasta 1878[40]. Este sería impulsado por los criollos, quienes incitarían las rebeliones esclavas[41]. Asimilado como el primer contacto con la problemática independentista los modos para su resolución fueron insuficientes, tratado como una mera eventualidad pero cuya base sería el principio del puzzle en el que se convirtieron las posesiones hispánicas. Esta, quizás, fuese impulsada por la revolución septembrina española -1868, por quien se depuso a Isabel II- y por el grito de Yara, por el cual, Carlos Manuel Céspedes avivó la insurrección[42], a tan sólo veinte días un acontecimiento del otro[43] Entre sus apoyos aún no se encontraba la élite, ya que las consignas de la Independencia aún les quedaba grandes.
El primer choque sería liderado por el Capitán General Lersundi quien se mantendría, pese a sus aficiones poco ejemplares, en el poder hasta enero de 1869, cuando sería sustituido por el general Domingo Dulce. Mientras el gabinete yanqui, que apoyaba la independencia bajo cuerdas, enviaba una misión a Madrid encabezada por Sickles para comprar la isla. Mediante la misma tesis en la que se enmarca esta actuación –de frontera Turner-, EEUU se haría con otros territorios como Luisiana en 1803 o Alaska en 1867[44].
Tras el fracaso del general Dulce, Caballero  de Rodas daría comienzo a una guerra sin cuartel continuada por el conde de Valmaseda. Fue un conflicto de desgaste, donde las enfermedades causaron más bajas que el enemigo. Mientras, lo hombre solicitados por el conde –unos ocho mil-, no eran enviados, las bajas cubanas sí eran suplidas por armamento y personal estadounidense. Tras los breves períodos de mando de los generales Ceballos y Pieltain, sería nombrado el general Jovellar en noviembre de 1873[45].
Los cubanos se caracterizaron por luchar a caballo, mientras que las tropas españolas lo hacían a pie. La técnica de guerrillas y el desgaste que ello supuso para las tropas metropolitanas hizo que las demás estrategias cayeran en un saco vacío. Se intentó aislar a los insurrectos en un lado de la isla mediante una trocha, una especie de cortafuegos de 500 metros de anchura y 80 de longitud[46].
De los 181.040 españoles enviados en 1868 a la isla murieron 81.248. De ellos sólo 6.900 lo harían en combate; la cólera, la tuberculosis, la fiebre amarilla y la desnutrición serían los peores males[47]. En 1876 llegarían nuevas tropas españolas a la isla tras el fin de la tercera Guerra Carlista, lo que propició la solicitud del alto el fuego por los independentistas[48].
Desde 1875 observaremos un tratamiento del conflicto deficiente. El partido liberal propondría un programa de autonomías pero este chocaría con los intereses económicos de los antillanos y de algunos miembros de la sociedad peninsular de gran influencia. Por otro lado, los distintos conflictos que abarca este contexto –ultramar y Melilla-, supusieron un verdadero despilfarro de las arcas públicas[49].
En la Paz de Zanjón se pactaron una serie de medidas que vistas de nuestro contexto fueron insuficientes, pero su implantación fue un verdadero suplicio y lucha entre su mayor valedor, Martínez-Campos y el gobierno canovista. Entre estas medidas destaca la ansiada representación en Cortes de diputados cubanos, recuperando la figura representativa anterior a 1837 -la representación parlamentaria cubana se fijó en 1878, asimismo se implementó en 1880 la constitución española del ’76[50]-; la libertad de comercio para la clase criolla y la abolición de la esclavitud, medida que no favoreció a nadie ya que no se impuso inmediatamente, sino que se estableció un sistema de patronato por el cual los esclavos seguían padeciendo lo mismo en los ingenios de azúcar, pero todo ello evidenciaba los nuevos modos del recién estrenado monarca, Amadeo I de Saboya. Estas medidas propiciaron la creación de la “liga nacional·, compuesta por esclavistas, terratenientes y demás comerciantes que se veían perjudicados por las concesiones a la isla[51], sólidos intereses en manos de vascos, catalanes, cántabros y gaditanos, principalmente[52].
El gobierno español abolió la esclavitud totalmente en 1886 y entre 1880 y 1898 desmanteló el entramado de leyes que limitaba los derechos civiles de africanos y afrocubanos[53].
No obstante estas medidas no obtuvieron el efecto deseado; la administración colonial por su parte siguió ejerciendo potestad más allá de la metrópoli y el triángulo opositor formado por propietarios, negreros y comerciantes, de la alta y baja burguesía, quienes no estaban dispuestos a perder una serie de privilegios e intereses en la isla que les alzaban como una nueva estratificación social[54].
En vez de cumplir las leyes de la Paz de Zanjón se implementaron leyes electoras que favorecieron a los españoles como modo de viciar la vida política cubana[55].
Mientras la sociedad cubana sufría una elevada fiscalidad condenada a pagar los gastos bélicos, así como un descenso de su comercio con Europa, lo que consolidaría el predominio estadounidense gracias a la presión política de McKinley, quien terminó por doblegar el proteccionismo español[56]. Entretanto, la oligarquía cubana sufría un gran varapalo en este período donde vieron reducida su influencia[57].
El plano político español, caracterizado por el bipartidismo, se plasmó en Cuba con la aparición del Partido Autonomista –1878-, quien buscaba un mayor número de privilegios para los criollos y su anexión a España conformado en un principio por la élite reformista aunque tendría prontas incorporaciones independentistas. Para 1894 se habría convertido en un partido de masas como atestiguarían los publicistas afrocubanos Juan Gualberto Gómez y don Martín Morúa Delgado[58]; mientras que el Partido Unión Constitucional estaba a favor de los intereses de la metrópoli y de la manutención de la situación, ganaba casi todas las elecciones debido a las leyes electorales, se le consideraba el partido español y por lo tanto, el que abogaba por la continuidad de la Corona española en Cuba[59]. Los desvanes gubernamentales, tanto en el campo español como en el cubano supusieron la respuesta social y la consolidación del deseo de independencia.
Los cubanos autonomistas eran nacionalistas dentro de la Corona española, pero querían la concesión de la autonomía por métodos políticos –civilistas-, evitando la intervención y asimilación estadounidense y la revolución que podría militarizar la sociedad imponiendo un caudillaje[60]
Ante todo este escenario deberemos destacar la figura política de José Martí, político cubano que en 1892 creó el partido independentista denominado Partido Revolucionario Cubano –PRC-. Este contó con el apoyo encubierto de EEUU, país desde donde Martí desarrollaba su propuesta[61], además del apoyo de la mayoría de cubanos residentes en EEUU, anexionistas que buscaban convertirse en agloamericanos pero cuyo plan fue tildado de utópico, pese a su retórica, por no pronunciarse en temas como el económico o el administrativo.
Los continuos movimientos insurreccionales dan lugar en 1879 a la llamada Guerra Chiquita, denominada así por los castellanos por la simplicidad de su desenlace, en tan sólo quince días[62]. Una serie de insurrectos autodenominados mambieses, en honor de un antiguo jefe guerrillero, fueron derrotados por su falta de preparación militar y apoyos.
La década de los años ’80 supuso un breve intervalo no contencioso, aunque tras el establecimiento del “arancel Cánovas” en 1891, volvería a reavivarse el conflicto. Este impuesto gravaba las mercancías que la isla comerciaba con EEUU. Ello dio lugar al cierre de fronteras por parte del presidente Mc Kinley, lo que resultó catastrófico en las relaciones económico-diplomáticas entre ambos países. Tras el “grito de Bairé” en 1895 –“¡Viva Cuba Libre!”[63]-, la balanza de la guerra parece estar decidida.”¡Perdamos cuánto haya que perder, pero sigamos siendo dignos!”[64]. El Imparcial
El 24 de febrero de 1895 la mayor parte de la población cubana no era independentista. En Madrid se acababa de votar las reformas liberarizantes de la isla en las Cortes. Pero con la insurrección acontecida ese mismo año, el gobierno canovista actuaría como si toda la población fuese insurrecta[65].
El general Martínez Campos fue enviado a la isla con la idea de que el conflicto sería otra “Guerra Chiquita”, pero en este caso se topó con un ejército mal aprovisionado y un enemigo que había aprendido de sus errores, usando su entorno –la selva- como campo de desgaste para unas tropas que no tardaron en diezmarse moral y físicamente por las enfermedades tropicales.
Ante la incapacidad de Martínez Campos, éste sería sustituido por Valeriano Weyler en 1896[66], quien emplearía métodos obsoletos sin dar la relevancia que poseía al oponente que ya era imparable. Lograría frenar la insurrección pero la reconcentración de los campesinos para asegurar su aislamiento del agente independentista causó miles de muertes por hambre y enfermedad[67]. Los cien mil hombres fieles a la metrópolii en tierras cubanas serían insuficientes, por lo que se necesitó 90.000 más a lo largo de 1896[68], esta sangría de jóvenes se aceptó, por lo general, por una población que no poseía las 1.500 pesetas para pagar a un sustituto[69]. Ello precipito el endurecimiento de las leyes de reclutamiento por lo cual se consiguieron reclutar a 127.000 quintos que marcharon a Ultramar, precipitando el terror de una sociedad que encabezada por sus madres comenzaron a manifestarse en las ciudades a grito de “¡Que vayan los ricos! ¡Que vayan los causantes de la guerra!”[70].
A excepción de la región oriental, el llamamiento a la insurrección de Martí desde EEUU no encontró muchos seguidores. En febrero de 1894 un reportero del New York Times escribía que la mayoría de los cubanos quería la libertad, pero por medios políticos no violentos[71].
Sin embargo, el verdadero punto de inflexión político de la contienda sería el asesinato de Cánovas del Castillo a manos del anarquista italiano Michele Angidillo. La magnitud de este hecho es visible en la compunción de su adversario político, o sustituto en los mandatos progresistas –pucherazo-, Sagasta, quien diría: “Después de la muerte de Don  Antonio, todos los políticos nos podemos llamamos de tú”.
No hizo falta esperar mucho tiempo para que las críticas se volcaran hacia el difunto, y de manera menos clara hacia Sagasta. Juan Valera afirmaba “cuando estaba vivo contribuyó a preparar las cosas para que se hundiesen”. Los diferentes sectores en el partido conservador –Silvela y Robledo-, fragmentaron el maltrecho bando, hecho que poco a poco se volvería contagioso observándose en su adversario[72]. Ello dotaría al partido conservador de un inmovilismo que se reflejaría en la dificultad para tomar decisiones en la Cámara, ya que una vez muerto Cánovas, su modelo no sería ni continuado ni apartado por sus sucesores, creando un clima de gobierno caótico y sin salidas[73].
El general Blanco asumiría la Capitanía General de Cuba sustituyendo a Weyler, que con su propuesta pacífica fue el candidato menos propicio para un conflicto que estaba en sus últimos pasos[74]. Weyler marchó con aires triunfalistas, alardeando de la pacificación de cuatro provincias occidentales y prediciendo una pronta recuperación, pero tales afirmaciones se tornaron a burla cuando Blanco desveló que de las 192.00 tropas regulares recibidas por Valeriano Weyler sólo quedaban 84.000[75], asimismo los cubanos no olvidarían las tropelías realizadas por el general. Blanco intentaría volver tangible las libertades concedidas por la metrópoli a Cuba, el 1 de enero de 1898 juraría su capitanía “por Dios y por los evangelios fidelidad al rey y a la reina regente y asimismo mantenerse estrictamente dentro de las leyes y de la Constitución nacional”, ello en un gabinete donde no había representación del partido conservador[76]. “España está dispuesta a gastar su última peseta y a dar la última gota de sangre de sus hijos en defensa de su derechos y de su término”. Sagasta[77].
Un punto y aparte en la cuestión colonial sería la independencia de Filipinas, cuyos antecedentes se remontan a la Liga filipina creada por José Rizal, así como el brazo armado de Katipunam. Juntos alzaron un levantamiento en la capital, Manila, a lo que el Estado español respondió enviando al general Polavieja, que propició la muerte de Rizal en 1896, pero sin embargo no pudo contener el desenlace de la batalla de Cavite, la cual ganaría Filipinas con la inestable ayuda de EEUU. Mientras en la sociedad española se tenía un estereotipo anacrónico de la potencia que codiciaba sus territorios, algo completamente opuesto a la realidad ya que los superaban tanto en número como técnicas y en armamento, los tiempos del oeste y la fiebre del oro ya habían quedado en el recuerdo[78].
Regresando al caso cubano que parecía estancado se reavivaría en 1898, año en que los liberales se harían de nuevo con la batuta del poder y pese la concesión de la autonomía presenciarían con estupor el caso del acorazado Maine[79]. Esto nos llevaría a una de las intrigas más polémicas de la Historia reciente[80]. Situándonos, 15 de febrero de  1898, un buque norteamericano explota en el puerto de la Habana dejando una estela de 266 fallecidos. Ello propiciaría la excusa necesaria de cara al contexto internacional para que los yanquis declarasen la Guerra a España, invadiendo inmediatamente la isla.
En 1974 el Pentágono reconoció que la implosión del Maine fue un desafortunado accidente, pero en 1898, ya fuere por el interés, o por desconocimiento, el conjunto de expertos norteamericanos dictaminó que el impacto procedía de fuera del buque, pese que a España se le informó de lo contrario[81].
El Maine llegó a las costas de la Habana con el pretexto de proteger a los ciudadanos estadounidenses de la plaza de los ataques entre insurgentes y el gobierno metropolitano. La verdad es que en ninguno de estos ataques, premeditados y a objetivos muy concretos, sufrió daño alguno algún estadounidense, pero ya desde enero de 1898 se podía leer en periódicos americanos la intención de enviar el buque “como consecuencia del ataque a las redacciones de algunos periódicos”[82]. El Maine llegaría a la Habana como “prueba de amistad” entre el gobierno yanqui y el liberal español[83], una reanudación de las relaciones con motivo de la tranquilidad del conflicto[84].
Cuando la reina regente le concedió la autonomía a Cuba y a Puerto Rico los insurrectos no la aceptaron pero la mayoría de la población sí lo hizo. El presidente del gobierno autonómico José María Gálvez le decía en abril de 1898 en un telegrama al presidente de los EEUU William McKinley, que si había cubanos levantados en armas la mayoría de los habitantes de Cuba aceptaba la autonomía y estaba resulta a trabajar bajo esta forma de gobierno para restablecer la paz y la prosperidad del país[85].
A pesar que teóricamente Cuba era una provincia más no se le abrieron los mercados peninsulares, quizás los gobiernos de la restauración no querían marcar un precedente inaceptable para un gobierno centralista[86].
Un gran número de insurrectos desertaron tras la amnistía que siguió a la autonomía de 1897, lo que hace pensar que la autonomía no llegó demasiado tarde para triunfar. Pero el generalísimo Máximo Gómez decretó la condena a muerte a todo soldado del ejército libertador que se entregase a las autoridades[87].
En un principio la escuadra liderada por el general Cervera rompió el bloqueo, propiciando todo tipo de alabanzas[88].
“Esto ya es otra cosa. Ahora podremos demostrar nuevamente a los yankees que España no cede así como quiera, y les ha de costar carísima la aventura en que se han metido”[89]. El imparcial.
Pero finalmente el conflicto finalizó con una última batalla al sur de la isla que concluyó con la derrota del general Cervera.
“Cambiar, si es preciso el modo de ser de aquellos organismos que contra toda voluntad y bue deseo de su valeroso personal no puedan, en la ocasión precisa, responder a todo lo que la patria tiene derecho a exigir”[90]. El imparcial.
Años después Antonio Maura diría “cuando era tarde ya para el remedios, Cánovas y Sagasta corrían por a manigua detrás de los cabecillas cubanos ofreciéndoles a espuertas de autonomía y la dignidad de la patria”[91]
España quedaría reducida al espacio europeo, una situación desconocida desde 1492[92]. Finalmente en 1898 España se ve obligada a firmar la paz de Paris, aceptando la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, quienes pasaban a ser protectorados estadounidenses. Ello supuso el fin del Imperio colonial español, cuyas consecuencias se desarrollarían en distintos ámbitos, en el económico cabe destacar la pérdida de los propietarios españoles; en lo político, el desastre del '98 fue lo que provocó el cambio dinástico; en lo sociológico, que fue el más destacado, cayó el "mito español", convirtiéndose este escrito en una crónica de una muerte anunciada, una nación moribunda, cuyo pueblo ya no creía en la política. Esto provocó el nacimiento de la corriente regeneracionista, había voces que pedían una enseñanza libre de la doctrina católica, su mayor exponente sería Joaquin Costa, quien dijo que España no necesitaba otra cosa que "escuela y despensa".“Venga la paz, siempre que sea con honra y con colonias”[93] El socialista

4.- Publicística internacional y nacional

La prensa nacional no hizo nada por llevar a España a la guerra, pero hizo muy poco por evitarla, enardeciendo los ánimos y creando castillos en el aire de grandezas ya perdidas emulando o superando un patriotismo calderoriano. Todo ello se contextualiza en un período de crisis que hizo de conflicto cubano la válvula de escape de una sociedad demacrada y decaída que pudo focalizar sus problemas en la causa colonial[94], ya que sería la sociedad quien más consecuencias obtendría del conflicto, la escasez de alimentos, el aumento de los precios y la presión fiscal sólo serían los primeros índices en dispararse[95]
“Téngase en cuenta que los despachos que hemos recibido hasta ahora son de procedencia yankee: júzguelos el lector sobre a base de que proceden de enemigos de España, de gente fanfarrona y dada al embuste, ganosa de ocupar un puesto en el Walhalla guerrera, donde están los grandes capitanes de la victoria”[96]. El Imparcial.
Los grandes acontecimientos que marcan o fracturan una sociedad son aquellos que obran sobre la mentalidad colectiva. En el caso colonial en España deberemos destacar el surgimiento de la generación literaria del ’98[97]. Generación resultado de años de guerra, conflicto que hizo perder a casi 50.000 familiares un hijo y cuyas consecuencias afectaron a un cuarto de millón de jóvenes[98].
Por otro lado, y como resultado de la derrota, la denominación de “desastre”, tan común en la historiografía para denominar la coyuntura económica que vivió España a fines del siglo XX, ha sido ensalzada por dos dictaduras militares que le seguirían y verían en este momento el varapalo y el inicio de un sentimiento hegemónico, que cuan ave fénix, haría resurgir de sus cenizas a la nación[99].
Mientras la publicística yanqui inyectaba día tras día moral a los insurrectos, hombres que querían ser libres y a los que animaban mientras bajo cuerdas sólo eran el mismo subyugador con traje de libertario. Tanto la administración demócrata de Cleveland como a republicana de McKinley sostendrían a los independentistas moral y materialmente. La temática cubana se convirtió en una mina de oro y base de la batalla entre Hearst y Pulitzer –New York Journal y New York World respectivamente- para hacerse con más público. Sus comparativas tacharon a España como una nueva Inglaterra, asimilando el conflicto cubano y volviéndolo semejante al propio[100].
Aunque grandes figuras americanas de la historiografía siguen manteniendo la corriente conspirativa, siendo casi delirantes, ya conocemos la tendencia de justificar asaltos a naciones inocentes cuando hay muertos americanos sobre la mesa.

5.- Bibliografía

- Alonso Romero, María Paz (2002). Cuba en la España liberal (1837-1898). Madrid. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.
- Batista, J. (2007). España estratégica. Madrid: Sílex
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[1] Puell de la Villa, Fernando. (2013). Guerra en Cuba y Filipinas: combates terrestres. Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado-UNED. España. P: 35
[2] Rueda, Germán (1998). El “desastre” del '98 y la actitud norteamericana. Universidad de Murcia, Anales de Historia Contemporánea, 14. P: 78.
[3] Gómez, Máximo, (1940) Diario de Campaña del Mayor General […] , La Habana, Comisión del Archivo de Máximo Gómez, p. 305
[4] F. Puell de Villa. (2013). Pp: 36 y 37.
[5] Pereira, Juan Carlos. (2003). La política exterior de España (1800-2003). Barcelona: Ariel. P: 413.
[6] Rueda, Germán (1998). P: 83.
[7] J. J Pereira. (2003). Pp: 416 y 417.
[8] Alonso Romero, María Paz (2002). Cuba en la España liberal (1837-1898). Madrid. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Pp: 23-36.
[9] Bosco Amores Carredano, Juan. (2003). La élite cubana y el reformismo borbónico. Eunsa. Ediciones Universidad de Navarra S.A. Pamplona, Reformismo y sociedad en la América borbónica. In memoriam Ronald Escobedo. Pilar Latasa coord. P: 133.
[10] Ibídem. P: 136.
[11] Ibídem. P: 134.
[12] Bosco Amores Carredano, (2007). Juan. Cuba ante la Independencia. Congreso internacional, José Martí en nuestro tiempo. José A. Armillas Vicente (Coord.) P:25
[13] Ibídem. Pp: 30 y 31.
[14] Ibídem. P: 26.
[15] J. J Pereira, (2003). P: 411.
[16] Maluquer de Motes Bernet, J. (1999). España en la crisis de 1898. Barcelona: Ediciones Península. P: 21.
[17] J. Bosco Amores Carredano. (2007) P: 26.
[18] J. J Pereira, (2003). P: 413.
[19] J. Bosco Amores Carredano. (2007) P:27.
[20] F. Puell de la Villa. (2013). Pp: 36 y37.
[21] Sánchez Baena, Juan José (1999). Resonancias de la guerra hispano-norteamericana en Murcia. Universidad de Murcia. Anales de Historia Contemporánea 14. P: 242.
[22] J. Bosco Amores Carredano.(2007.) Pp: 28 y 29.
[23] Rivera Córdoba, Jesús (1978). La sociedad española durante la última guerra colonial. Sumario, IV (38), p.46.
[24] J. Bosco Amores Carredano. (2007). Pp: 28 y 29.
[25] Ibídem. 28 y 29.
[26] G. Rueda (2014). P: 78.
[27] J. Bosco Amores Carredano. (2007) Pp: 30 y 31.
[28] Ibídem. P: 31.
[29] J. Bosco Amores Carredano. (2003) . P: 134.
[30] J. Bosco Amores Carredano. (2007). P: 32.
[31] J. Maluquer de Motes Bernet, (1999). P: 21.
[32] J. Bosco Amores Carredano. (2003). P: 133.
[33] J.J Pereira. (2003. P: 411.
[34] G. rueda(1998). P: 78
[35] J. Maluquer de Motes Bernet.  (1999). P: 11.
[36] J. J Pereira. (2003). P: 412.
[37] G. Rueda (1998. P: 77.
[38] Ibídem. P: 77.
[39] F. Puell de la Villa. (2013). P: 34.
[40] J. Bosco Amores Carredano. (2007) P-. 32.
[41] J. Maluquer de Motes Bernet. (1999). P: 21.
[42] G. Rueda (1998).. P: 78.
[43] J. Bosco Amores Carredano. (2007) P. 32
[44] G. Rueda (1998). P: 83
[45] Ibídem. P: 79.
[46] F. Puell de la Villa.(2013). Pp: 38 y 39
[47] Ibídem. Pp: 36 y 37.
[48] Ibídem. Pp: 37 y 38.
[49] G. Rueda (1998). Pp: 79 y 80.
[50] Tarragó, Rafael. (2009). La guerra de 1895 en Cuba y sus consecuencias. ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura. CLXXXV enero-febrero. P: 217
[51] Ibídem. P: 79.
[52] J. J Pereira (2003). P: 411.
[53] R. Tarragó,  (2009). P: 217.
[54] J. Rivera Córdoba (1978). p.49.
[55] Ibídem. P: 216.
[56] J. Bosco Amores Carredano. (2007).  P: 36.
[57] F. Puell de la Villa, (2013). Pp: 36 y 37.
[58] Gualberto Gómez, Juan. (1885). La cuestión de Cuba en 1884. Madrid. P:30. Citado por Rafael Tarragó en “La guerra de 1895 en Cuba y sus consecuencias”.
[59] R. Tarragó, (2009). P: 218.
[60] Ibídem. P: 219.
[61] Ibídem. P: 219.
[62] F. Puell de Villa. (2013),  P: 35
[63] J. Maluquer de Motes Bernet (1999).  P: 27.
[64] J. Rivera Córdoba. (1978). P.46
[65] R. Tarragó, (2009). P: 215.
[66] Ibídem. P: 215.
[67] Ibídem. P: 215.
[68] F. Puell de Villa.(2013), Pp: 38 y 39.
[69] Puell de la Villa, Fernando, (1996) El soldado desconocido: de la leva a la “mili” (1700-1912), Madrid, Biblioteca Nueva, p. 261
[70] Ciges, Aparicio, M, (1906) El libro de la crueldad: del cuartel y de la guerra, Madrid, s. n., p. 290.
[71] R. Tarragó. (2009) P: 215
[72] Pérez Delgado, R. (1976). 1898, el año del desastre. Madrid: Tebas. P: 174.
[73] Ibídem. P: 174.
[74] Ibídem. P: 175.
[75] Ibídem. P: 175.
[76] Ibídem. P: 175.
[77] J. Rivera Córdoba. (1978).P: .46.
[78] Ibídem. P: 46
[79] R. Pérez Delgado. (1976). P: 13.
[80] Concostrina, Nieves (2009). Menudas historias de la historia. Madrid: La Esfera de los Libros.
[81] Batista, J. (2007). España estratégica. Madrid: Sílex. Pp: 421-430.
[82] Campanys Monclús, Julián. De a explosión del Maine a la ruptura de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y España (1898). ESPAI/TEMPS, Universidad de Barcelona. P: 6. Hace mención en este caso al “Wichita Daily Eagle, el 13 de enero de 1898.
[83] Ibídem. P: 9.
[84] Ibídem. P: 22.
[85] R. Tarragó. (2009). P: 216.
[86] Ibídem. P: 216.
[87] Ibídem. P: 218.
[88] Condeminas Mascaró, F. (2000). La marina militar española. Málaga: Ediciones Aljaima. Pp: 225-237.
[89] J. Rivera Córdoba (1978). P.51.
[90] Ibídem. P: 56.
[91] R. Pérez Delgado. (1976). P: 175.
[92] J. Campanys Monclús, Pp: 1 y 2.
[93] J. Rivera Córdoba (1978). P:.49
[94] Sánchez Baena, Juan José (1999). Resonancias de la guerra hispano-norteamericana en Murcia. Universidad de Murcia. Anales de Historia Contemporánea 14. P: 242.
[95] Ibídem. P: 243.
[96] J. Rivera Córdoba. (1978).P.52
[97] Ibídem. P: 49.
[98] F. Puell de la Villa. (2013). P: 34
[99] J. Maluquer de Motes Bernet, (1999). P: 11
[100] J. Campanys Monclús, Pp: 2 y 3.


6.- Artículos recomendados


- http://historiasdelahistoria.com/2014/09/29/los-ultimos-restos-de-las-posesiones-de-ultramar-espanolas
- http://historiasdelahistoria.com/2010/11/30/el-imperialismo-yanki-nacio-con-las-cagadas-de-pajaros
- http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-contemporanea/maine-episodio-mas-oscuro-guerra-cuba
- http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-contemporanea/espias-estados-unidos-vs-espana-guerra-secreta-1898
- http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-contemporanea/valeriano-weyler-guerra-cuba
- http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-contemporanea/sociedades-secretas-independencia-americana

7.- Trabajo

https://www.academia.edu/10955241/Guerra_de_la_Independencia_cubana

martes, 1 de abril de 2014

7. Historia Moderna, Francia; Luis XIV: La expansión hacia las fronteras naturales.


1. Antecedentes
   
     La paz de Westfalia, así como el declive de la hegemonía hispánica -a raíz de la decaída de las dos ramas de los Austrias-, quedó sellada en el Tratado de los Pirineos, cuya relevancia reside en su acato y duración, lo cual lo convierte en el antecedente de esta nueva fase histórica. A pesar del cansancio generalizado y la necesidad de un periodo de paz, ésta no llegó en 1648. Esta fase se caracteriza por el abandono de los conflictos religiosos, los cuales cederán su testigo a los conflictos políticos, caracterizados por el absolutismo monárquico y la corriente individualista en contraposición de las pretensiones hegemónicas pasadas -el llamado espíritu de Westfalia-.

     Ante esta nueva escenografía cabrá destacar su protagonista, Luis XIV. Nacido el 5 de septiembre de 1638 en Saint Germain-en-Laye, hecho que supuso una conmoción para el pueblo francés que tras más de dos décadas sin herederos habían perdido la esperanza en la descendencia del monarca. Gesta que se visualiza en su sobrenombre, le dieudonne. Su infancia queda marcada por la muerte de su padre, Luis XIII, en 1643, antes de que el Delfín alcanzase los cinco años de edad. Por ello y para ser su regente, Ana de Austria, derogará el Consejo de Regencia -concediendo una breve ráfaga de esperanza y poder al Parlamento- que beneficiaba al joven duque de Orleans y hermano de Luis XIII -Gastón, a quien se le concedió el título de lugarteniente general- sucediéndole y eligiendo como primer ministro al cardenal italiano Giulio Mazzarini, acción que supuso la consternación de las facciones más poderosas ya que ello significaba la continuación de la política de Richelieu -Armand Jean du Plessis- entre 1643 hasta 1661, con la muerte del cardenal, además de la posesión del poder en manos de dos extranjeros.

     Por ello se mantuvo una clara preferencia por la política exterior, lo cual propició prestas sublevaciones -Cábala de los Importantes, 1643- y, consiguió lo nunca antes visto, unir en un estallido social a dos fuerzas antagónicas como lo eran la burguesía y la nobleza -Importants-, quienes en un principio se unirían para deponer al cardenal, aunque su alianza ni fue fructífera ni duradera. 

     A diferencia de su predecesor, Mazzarini era un diplomático que volcaba su inteligencia y oportunismo en la política internacional, con resultados tan sonados como el Tratado de Westfalia -1648-, por el cual se adquirieron territorios hasta la orilla del Rin -hecho que permitió a Francia adquirir importancia en asuntos imperiales- y plazas fuertes en la región de Alsacia -hecho que impedía el paso de los españoles y molestaba al Imperio-; asimismo el Tratado de los Pirineos -1659- que derivará tras la derrota española la cesión del Rosellón y de la Bélgica meridional: Artois, el sur de Flandes, Hainaut y Luxemburgo, así como las plazas fuertes de Philippeville y Marienburg. Sendos tratados finalizaron un periodo y fijaron el fin de la preponderancia de los Habsburgo -que no su desaparición de los mandos del poder-, quienes habían alcanzado su cenit sobre 1630. De este modo, Francia recogía el testigo hispánico iniciando una época dorada, aunque poco prolongada en el tiempo -únicamente el reinado de este monarca y sus dos predecesores, quienes vivirían la renta de un personaje histórico de gran calado-.

     En una nueva contraposición con su mentor, Mazzarini no buscó la humillación de España, quizás mediante la influencia de la reina Madre, corriente que el rey Sol no seguiría. Las nupcias del heredero francés con la infanta española María Teresa contenían un alto contenido estratégico que sí se observaría en las decisiones de Luis -acción por la cual los Borbones pudieron legitimar la corona española medio siglo después-.

     Aunque en apariencia sólida, las nupcias del Delfín supusieron un verdadero debacle de Estado; con el encumbramiento del Cardenal sus maneras se tornaron hacia un claro nepotismo, por el cual izaría a toda su familia en lo que algunos historiadores han visionado el nacimiento el nacimiento de una dinastía. En especial debemos destacar a Olimpia y María Mancini, por las cuales Luis tuvo una clara preferencia que podría haber costado el Tratado de los Pirineos si no hubiera sido por la actuación de la reina Madre y de, en este caso, un reticente ministro, quienes las alejarían del monarca casándolas con altos cargos de la corte.

     El gobierno del Cardenal y la Regente se caracterizó por una alta presión fiscal con el fin de reducir el déficit; se redujeron intereses -hecho que arruinó a muchos burgueses-, se vendieron cargos -con la consecuente pérdida de prestigio de la burocracia-, entre otras acciones que llevaron a un levantamiento el 13 de mayo del año 1648 denominado la Fronda; levantamiento cuyo uno de sus líderes, Condè, un príncipe de sangre francés, era la viva imagen del militarismo francés, con acciones como las llevadas a cabo desde 1639 -Rosellón-. Este periodo abarcaría cinco años que darían lugar a numerosas interpretaciones, inclusive a la consideración de ésta como antecedente frustrado de la Revolución francesa -Normand-.

     El pueblo francés al completo, sin importar rasgos o diferencias sociales -aunque sí con objetivos dispares- se alzó contra la política centralizadora del gobierno, es decir, buscaban una ruptura o control del absolutismo por medio de un árbitro -Parlamento- que cuestionaría las decisiones del monarca. Esta situación fue denominada por Lebrún como la expresión desordenada pero temible de una crisis profunda del Estado, de la sociedad y de la economía. Por ello la capital se convirtió en el epicentro del levantamiento, donde los más radicales increpan al asesinato del Cardenal y de la reina Madre entre panfletos, pasquines y tiras satíricas de ambos -mazarinadas-. Por todo ello la Regente decidió exiliarse con sus hijos, el duque de Orleans y el gran Condè a Reuils, el 6 de enero de 1669, mientras que Mazzarini marchó a Brühl, propiedad del Príncipe Elector de Colonia, donde siguió gobernando Francia.

     Por otro lado, comenzó las negociaciones con el emperador Leopoldo, cuya esposa era hermana del enfermizo Carlos II de España. Estas negociaciones finalizaron con un tratado, cuya relevancia no le permitía ser depositado en manos de ninguna de las dos partes, por ello quedó acordado que Flandes lo custodiaría hasta la muerte del monarca español. En la actualidad, el Tratado está depositado en el Louvre y por él, ambos se repartían las posesiones del Imperio hispánico, lazo que ataba al emperador en corto en próximas empresas antifrancesas.

     A pesar de la cordialidad visible entre las líneas del acuerdo -Tratado de los Pirineos-, Luis jugó una doble baza apoyando a los rebeldes portugueses, liderados por Juan, duque de Braganza. Éstos, aún débiles, conseguirían desgajarse de un Estado en 1640 y con el Tratado de Lisboa se reconocía su autonomía hasta el 13 de febrero de 1668, dando fin a la guerra hispano-portuguesa.

     La ofensiva nace de una acción sin base de ataque y muy ligada a la proyección de defensas naturales; Luis XIV negoció con Carlos II de Inglaterra sobre la compra del antiguo puerto flamenco de Dunkerque y el de Mardick por cinco millones de libras. El monarca inglés endeudado y sin ningún ánimo de convocar su Parlamento o participar en los conflictos internacionales, aceptó. La venta se cerró en el año 1662 y por ella Luis conseguía un puerto operativo para iniciar su ofensiva contra los Países Bajos españoles. Asimismo negoció la sucesión con el condado de Lorena y en ese mismo año, Luis cerró una alianza defensiva con las Provincias Unidas, un paso más para cercar los Países Bajos españoles.

     Pero en el contexto europeo se vivía la preparación de otra batalla; con la destitución de Cromwell, los ingleses esperaban recuperar algo de ese emporio comercial que ahora lideraba Holanda. En 1664 empezaron los ataques y un año después era un hecho, había comenzado la Guerra. En 1666 se sucedió la batalla de los cuatro días que supuso un total desastre para la flota inglesa, que para mayor bochorno perdieron el Royal Charles un año más tarde, mayor barco de su flota y el mismo que había traído a Carlos a Inglaterra para ser coronado. Este hecho fue denominado por Pepys como el acontecimiento más triste que jamás sufrió el pueblo inglés, y una injuria que nunca podrían olvidar. Ante ello la situación Luis XIV se vio en una encrucijada, en 1662 había firmado una alianza con los holandeses por lo que le debía proporcionar un contingente de doce mil hombres para cualquier ofensiva contra la República. Hecho que hizo sin ningún entusiasmo ni con ánimo de decantar la batalla hacia sus aliados. Finalmente los dos contendientes cerraron la paz con el Tratado de Breda, conservando las conquistas de cada Estado, lo que hizo que Holanda cediese caballerosamente tierras en la América septentrional para equiparar la contienda.

     En nuestros días la crónica del enfrentamiento anterior ha quedado ensombrecida por el comienzo de la invasión a los países bajos españoles -también conocida como la primera guerra de devolución o la primera guerra de saqueo, a expensas de las fuentes que consultemos- en mayo de 1667, inaugurando así Luis su nuevo sobrenombre -el grande o el conquistador-.

     Al mando de las tropas francesas, Turena conquistó en pocos meses los mayores núcleos de población como Lille -y otras que ofrecieron menor resistencia como Charleroi, Douai, Ath, Tournai, Furmes, Armentières y Countrai-. Finalmente, tras catorce meses de campaña el Franco-condado era suyo. Ante tal demostración de fuerza bélica, el resto de naciones europeas comenzaron a temer por el equilibrio de poder, hecho que quedó sazonado con las mordaces palabras que llevaba exponiendo por todo el continente el barón Von Lisola -"No os dejéis reducir a la esclavitud. Todos en pie en este combate por la libertad, pues más vale morir libres que vivir como esclavos"- por años dieron lugar a un despertar iniciado por Holanda y fraguando ya en 1668 con la Triple Alianza, conformada por Inglaterra, Holanda y Suecia.

3. Inicio de la oposición

     Con el fin de frenar las ambiciones expansionistas de Francia t que ésta firmará con España una paz razonable, nace la Triple Alianza de la Haya, fraguada en las palabras del barón Lisola pero no siguiendo con su corriente que arengaba a los Estados europeos a poner a su emperador frente a la coalición antifrancesa, emperador cuya talla había disminuido desde el momento que conspiró con su propio enemigo.

     Ante tal oposición Luis aceptó el Tratado de Aquisgrán -1668-, que aún beneficioso -recibía parte de Flandes, Furnes, Ypres, Lille, Oudernade, Ath, Binche y Charleroi a cambio del Franco-condado- era un límite a sus ambiciones, un conformismo que no duraría mucho tiempo.

     Tras la paz, Luis quiso vengarse del núcleo de su oposición, esa pequeña República de mercaderes, bastión del comercio europeo, que se había atrevido a enfrentarse a sus ambiciones pero para ello necesitaba romper su unión y qué primer objetivo más fácil que el rey de Inglaterra; Luis mandó un conjunto de embajadores junto a la hermana de Carlos II, Minette, que era esposa del duque de Orleans -hermano de Luis- además y haciéndose eco de las malas lenguas una de las muchas amantes del rey Sol. Éstos tenían como objetivo conseguir una nueva alianza en contra de Holanda, incluso se permitieron intentar traer al camino de la fe cristiana al monarca, quien no dudo aceptar, mientras que éste tratado fuera confidencial -Tratado de Dover o Tratado de Madame, 1670-. En le año 1661, Francia firmó un Tratado de neutralidad con el Emperador y, un año más tarde lo haría con Suecia, acabando con el último resquicio de unión de lo que antes se hizo llamar la Triple Alianza.

     El inicio del enfrentamiento con la República se caracterizó por la mala situación de las fronteras holandesas que se extendían a lo largo de Issel, del Rin, del Wall y del Mosa. Ello les hizo confiar en las existentes en el ducado vecino de Clèves, donde en virtud de una antiguo tratado, los holandeses podían acantonar sus tropas. Pero ello no detuvo a Luis. Pariendo de Charlerói en dirección a Holanda, las plazas fuertes del ducado cayeron en diez días por lo que los contingentes de la República abandonaron el Issel para retirarse a la región de Utrecht, donde quisieron levantar una nueva barrera defensiva que fortificó las ciudades más relevantes del país -la Haya y Ámsterdam-. Ante este hecho la burguesía y la nobleza no militar comenzó a huir con sus bienes a ciudades extranjeras como Hamburgo y Amberes, lo que produjo que el resto de la ciudaddanía se volviese en su contra, asaltando sus caravanas. Ante tal situación, cuando el príncipe Guillermo volvió a establecer la línea defensiva en Issel, los ciudadanos de Utrecht cerraron sus puertas y capitularon ante el ejército francés, creyendo que sería cuestión de tiempo su caída, sin embargo la rendición de Utrecht sería la última conquista de Luis en los Países Bajos. Siguiendo la estrategia del general Louvois, Luis comenzó una campaña para adueñarse de las plazas fuertes rebeldes que quedaban en las provincias de Overyssel y Groninga; si hubiera atacado directamente la capital de la República la suerte habría sido otra, pero este respiro supuso el pase a la ofensiva holandesa, quienes rompieron los diques o pólders para inundar zonas concretas, estrategia ya empleada en 1574.

     Con ello comenzaría un periodo de negociaciones, donde Luis impondría diferentes cláusulas que no tanto el gobierno como el pueblo, no aceptarían, sublevándose liderados por los Orange. Mientras este pueblo quería culpables de la catástrofe, ello produjo que las culpas se centraran ante un sólo personaje, Cornelis de Witt, que aún bajo tortura no cesó en proclamar su inocencia, lo que obligó a los tribunales a desterrarlo sin justificación en 1672.

     El avance de las tropas del rey Sol era cada vez mayor y a su paso comenzaron a dejar cierta propaganda manifestándose como amigo del pueblo holandés, hecho que contraria a sus intenciones marcaría sus relaciones negativamente durante generaciones. Ante ello en 1672 Federico Guillermo, el Gran Elector de Bradenburgo, concertó un tratado con las Provincias Unidas con la promesa de socorrer a los holandeses, pero Turena comenzará a invadir sus posesiones con lo que conseguiría su retracción con el fin de recuperarlas además de un importante apoyo financiero.

     A pesar del abandono del Elector, el Emperador sorprendió a todos siguiendo con la campaña y aliándose en 1673 con España, las Provinccias Unidas y Lorena. Alianza cuya finalidad era restablecer las fronteras existentes en 1659. A Holanda le interesaba enfrentar a España con sus vecinos para que Luis XIV se viera desbordados de frentes. Y así lo consiguió ya en noviembre de 1673, los franceses liberaron a la República de su invasión, quedando su flota libre para atacar a los aliados del rey Sol, Inglaterra. Los contingentes franceses se establecieron en los Países Bajos meridionales, en el Rin, el Franco-condado y los Pirineos, ello abrió un nuevo abanico de alianzas y retractores: la Dieta alemana, Federico Guillermo, principe elector de Bradenburgo de nuevo; Dinamarca-Noruega como enemigos y, añadió un nuevo aliado en 1675, Suecia.

     La paz de Nimega llegó como un periodo necesario para todos. En 1678 Francia y las Provincias Unidas firmaron un acuerdo que se centraba en el comercio. Poco más tarde la paz se firmaba con España lo que era también un beneficio para los franceses, los únicos que perdieron son los españoles, en concreto el Franco-condado y catorce plazas fuertes fronterizas. En 1679 Francia negoció con el príncipe de Bradenburgo con siguiendo el cese de sus hostilidades con Suecia y un paso en caso de que se le disputarán sus territorios en Alemania y, finalmente el reino de Dinamarca-Noruega, cerraron la mesa de negociaciones con las paces con Francia y Suecia. Aunque sin suda el mayor revés de Luis XIV fue las nupcias de María -hija de Jacobo- y Guillermo de Orange, uniendo a Inglaterra y a Holanda en una empresa que sería su ruina.

     Ante el asombro de todos de la Paz, los consejeros de Luis XIV en otoño de 1679 realizaron una interpretación a su gusto con tal de ampliar las ganancias con la obtención de territorios pertenecientes en otros tiempos al dominio francés. Con ello consiguieron distintas ciudades y fortificaciones en las regiones de Alsacia, Lorena, Sarrebrúck y del Palatinado-Zweibrücken.

4. Culmen de su política expansionista en Europa.

     El 3 de septiembre de 1681 se considera la fecha culmen del gobierno del rey Sol; día en el que Estrasburgo, ciudad imperial tuvo que capitular bajo amenaza de destrucción total. Asimismo consiguió la capitulación de Casale, una plaza fuerte lombarda que sería su centro de operaciones en el ataque de las posesiones hispánicas en la península Itálica, hecho visible en 1684, cuando la ciudad de Génova, la cual mantenía una gran relación con los monarcas hispanos y era un excelente emporio comercial, fue bombardeada durante ocho días -desde el 19 al 27 de mayo- tras su negativa a las condiciones de Luis XIV. Aún tras su muestra de lealtad, Génova estaba sola, ninguna liga o Estado con políticas antifrancesas osó a pronunciarse a su nombre, lo que les obligó a aceptar sus bochornosas condiciones.

     Finalmente, ante  los sucesivos ataques a posesiones hispánicas, en 1683 Carlos II declara la Guerra a Francia, hecho que acabó con el sitio y final caída de Luxemburgo que precipitaba la firma de Ratisbona entre el Imperio y España.

5. Decaimiento en las políticas ofensivas.

     Para el principio de la década de los '80, tanto Francia como Europa estaban en la mano del soberano; Viena comenzaba a ser atacada por el enemigo otomano, acusado de mantener relaciones con el Imperio francés -hecho que no iba nada desencaminado-, por lo que en norteuropa nacería una nueva Liga Santa centrada en la lucha con el invasor. La victoria ante el invasor otomano unido a la política religiosa del  rey Sol y al inicio de la segunda Revolución inglesa, con la consecuente subida al trono de Guillermo de Orange; creó un grupo homogéneo de oposición denominado la liga de Augsburgo, donde se agrupaban el Emperador -y una serie de principios alemanes-, España y Suecia a los que más tarde se les uniría Inglaterra, las Provincias Unidas, el papa -que aún tras la revisión del Edicto de Nantes seguía manteniendo rencillas con las regalías galicanas- y, finalmente Saboya. El acuerdo principal se firmó en Viena en 1689, el cual dio paso a una guerra con muchos nombres pero con un sólo final, el desgaste de las potencias, el sufrimiento de las poblaciones quienes eran asoladas u olvidadas a favor de la industria militar que defendía el honor de unos pocos en consecuencia de muchos. La paz llegó mediante parciales y por la expectativa que suscita la sucesión española. Territorialmente, la paz supuso la vuelta al Tratado de Nimega, por lo cual Francia se vio obligada a devolver todas las posesiones territoriales que hizo antes y en la Guerra, a excepción de Estrasburgo.

6. Comentario.

     Sin duda, la figura de un monarca cuyo mínimo detalle, por simbólico que fuera, fuese acatado y llevado a cabo por toda Europa es atrayente. El mismo que domesticó a la Corte y consiguió que orbitaran en torno a él. Luis es el esplendor de una época y con su muerte se la llevaría consigo, aunque la lección en Europa calaría de tal manera que el absolutismo y sus maneras le sobrevivirían, véase España hasta el siglo XIX.

     Su trayectoria, comparada y asimilada en muchos ámbitos con personajes tan controvertidos como Julio César, le engrandecieron pero del mismo modo crearon en él unas expectativas que lucharán contra infortunios, tempestades y su peor enemigo, el tiempo. Pese a ello veremos en él, el mayor conquistador de la Europa moderna, temido y reverenciado a partes iguales, aunque su legado sería maltratado y desaprovechado, hundido en apenas medio siglo y aniquilado en una centuria.

     Finalizando, creo que en su persona observaremos una autoridad antes perdida, heredada y enseñada a través de un legado de los Austrias en el que no se reflejaría y por ello, su Imperio creció a la sombrea de la antes mayor dinastía, para alcanzar la gloria por sí mismo y conduciendo a Francia hacia ella.

7. Bibliografía.

  • López Ruiz, José María (2009), Los personajes más siniestros y crueles. Madrid, LIBSA.
  • Roberts, JM, (2009) Historia universales. De Barcelona. RBA.
  • Voltaire (1954) El siglo de Luis XIV. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Grimberg, Carl Gustaf, Ragnar Svanström, T Riano y J.J Llopis, (1953) Historia universal de Daimon. México. Daimon.
  • Floristan, Alfredo, (2012) Historia Moderna universal. De Barcelona. Ariel.
8. Vídeos recomendados
  • https://www.youtube.com/watch?v=PhTrtkBZ7F0


sábado, 22 de marzo de 2014

6. Historia Antigua, Occidente; Vida y obra de Alejandro Magno.

INTRODUCCIÓN

           El siglo IV o el fin del periodo clásico supuso un sin fin de luchas intrínsecas en la península helena  que darían lugar a la pérdida del gran símbolo griego, la poleis. En contraposición a ello, la zona marginada de Macedonia quedó unificada bajo el poder de Filipo II de Macedonia, quien trasladó su plan hegemónico por toda la península fijando un objetivo común, un rasgo grabado en todos: la enemistad respecto al Imperio Persa.

          Como toda corriente, ésta comienza por un hombre, Filipo, y su decisión. En una estrategia impecable el monarca se apoderó del Santuario de Delfos, consiguiendo un inmenso poder sobre la política griega. Macedonia es una región aislada de la península helénica, ubicada en el norte de los Balcanes. Rica en diversos recursos como los cereales, la madera, los caballos y las minas de plata* donde obtuvo una enorme evolución.

          Fue tal su industria minera que podían obtener mil talentos de plata anuales por su explotación. Ello hizo que Filipo crease una política expecífica para ello. No olvidemos que cada talento se encuentra en torno a los 30 kilogramos.

         Tradicionalmente el territorio macedonio se encontraba dividido en distintos focos de poder, liderados por aristócratas o líderes tribales, cuyo poder quedaría unificado por Filipo. Posiblemente la división inicial se encontraba influida por la orografía del terreno, al igual que el resto de la península.

         Por todo ello sus líderes no eran verdaderos políticos, cumpliendo con las tradiciones tribales eran formados como guerreros, acto que se siguió llevando a cabo hasta el nacimiento de Alejandro, el cual quedaría encumbrado por el esplendor que Filipo había atraído a su nueva capital, Pella*.

         Pella se convirtió en la nueva capital macedónica después de que Filipo consiguiera la completa hegemonía con la Alta Macedonia.

         Fue de tal magnitud la capital que personajes relevantes de todos los ámbitos del saber del Mundo Antiguo quedaron prendados de ella, entre muchos Arístoteles, quien más tarde y con la inestimable ayuda de su padre* se convertiría en maestro del aún pequeño Alejandro.

         Nicomaco, padre de Aristóteles, fue miembro de la corte macedónica ocupando el puesto de médico.

         El plan hegemónico de Filipo se basó, en gran parte, en el plano religioso, ya que en éste situó la descendencia de los macedonios como descendientes del mismísimo Heracles. Hecho que quedaría reforzado por la ascendencia de Olimpia, madre de Alejandro, la cual le concedió un nuevo héroe homérico al linaje del príncipe, Aquiles. Todo ello refleja el arcaicismo con la pretensión de justificar y legitimar la monarquía fuente y descendiente de los dioses, en este caso de Zeus, rey de todos ellos.

BLOQUE 1: CORPUS DEL TEMA.

         Filipo sería un personaje clave en la vida de Alejandro. La herencia que este le dejó precipitó su carrera hacia la gloria. Filipo (382-336) fue un extraordinario estratega que subió al trono de Macedonia en el año 359, encontrándose un contexto desolador. Su llegada al trono estuvo precedida por la desaparición de la escena política de su sobrino, del que el era regente tras la muerte de su hermano Perdicas II; el resto de sus adversarios políticos fueron asesinados o exiliados, acción que se repetiría en la siguiente generación.

         El reino de Macedonia se encontraba debilitado por las guerras dinásticas y por una gran derrota a manos de sus vecinos más belicosos, los ilirios. Durante los 33 años siguientes Filipo consiguió unificar su territorio, desechando las ideas independentistas de la Alta Macedonia. Por ello se estableció una nueva capital, Pella. Tras una temprana victoria contra los ilirios, resarciéndose de la historia ya escrita, Filipo, dedicó su esfuerzo a uniones políticas, en su mayoría, por uniones dinásticas. Iliria y Meda serían sólo algunos de los territorios sobre los que Macedonia ejercería su nuevo poder.

         En contraposición a estos actos integradores, los griegos eran incapaces de unificarse en un mismo Estado, hecho que más tarde sería su caída ante Filipo. Ante la complejidad de las instituciones griegas, Filipo gobernó como un autócrata en las instituciones macedonias, cuya sutil simpleza le supuso nulas restricciones en sus planes. Posiblemente, y como consta que hacía su hijo, el monarca consultara un consejo formado por sus generales y hombres de confianza, en relación a los asuntos de estado más relevantes. Gracias a su personalidad arrolladora, el poder y los recursos recién adquiridos, Filipo, consiguió mantener unidas a las tribus sin salirse del plano tradicional. Este sistema aseguró su victoria ante los dificultosos recorridos legales helenos.

        El monarca llevó a cabo una serie de notables reformas en el ejército que nos explicarían los cambios que sufrió durante el reinado de éste, y la eclosión durante el de Alejandro, acción que le permitió enfrentarse con el ejército persa cuyas tropas también sufrieron modificaciones que los asemejaban aún más. La introducción de la falange hoplítica en el contexto macedónico marca un antes y después con sus grandes sarissas y el nacimiento de una caballería compuesta por una élite.

       Uno de los movimientos que lo consolidan como uno de los grandes estrategas de su época fue la incorporación de la aristocracia macedónica a su corte. Éstos se congregarían en la nueva capital, trayendo consigo un tránsito cultural que atrajo a notables personajes como ya hemos tratado en la introducción.

       A fines de la década del 340 antes de nuestra era, Macedonia ya se había convertido en una potencia en el Mundo Antiguo. Paralelo a ello, los ciudadanos griegos, quizás deslumbrados por el foco de lo que habían sido sus potencias, no parecían dar señales de apreciación de este hecho. Ninguna ciudad-estado se encontraba al nivel de Filipo, sus luchas internas habían reducido gravemente sus aspiraciones y recursos, como muestra la situación espartana cuya demografía masculina se había reducido a menos de 1.000 individuos, hecho que propició la concesión de derechos a las clases más humildes subordinadas.

      La expansión macedónica supuso en una primera etapa la conquista de Tracia y la Grecia Central pero un punto de inflexión en ésta fue la obtención del Santuario de Apolo en Delfos , cuyo poder político era respetado por un gran número de poleis. Todo ello situaría a Macedonia como la potencia líder ante el espeluznante y a la vez, apabullante, riqueza del Imperio persa.

     Las conquistas de la Grecia Central culminó con la derrota de la coalición tebano-ateniense en la batalla de de Queronea en el año 338. La contienda supuso una vez más el desastre para los helenos, situados en la llanura de Queronea; la falange hoplítica rompió las filas de la tradicional, demostrando su valía, sólo los ateniénses sufrieron pérdidas de más de 1000 hombres y 2000 presos. En este escenario pudimos apreciar la valía de Alejandro, el cual dirigió el ala izquierda del ejército fracturando la disposición tebana. Con ello Filipo consiguió su objetivo, la supremacía griega.

        Tras ello, el monarca convocó a las poleis griegas en el Congreso de Corintio, celebrado en el año 337, en el cual se autoproclamó Strategos Autokrator, con el que comenzó a disponer del poder que supuso la hegemonía de toda la península. Pode que canalizó en la liberación de las ciudades ocupadas de la Asia Menor griega.

        Todo ello se vio interrumpido por el asesinato de Filipo en el año 336, un crimen perpetuado, quizás, ante el nerviosismo de un enemigo que observaba la finalización de un proyecto cuyas alas sólo comenzaban a planear. El papel de líder panhelénico recaería en su hijo Alejandro, que por entonces sólo poseía 20 años. El nuevo rey, Alejandro III, se tendría que enfrentar a una política ateniense* fragmentada, y a la  insubordinación de algunas ciudades- estado, que creyeron que el heredero no rellenaría el majestuoso trono y labor que le había negado su progenitor.

         La política ateniense se dividió en dos corrientes: pro y antimacedónica, los tradicionales liderados por Isócrates, defendían la postura promacedónica mientras que la corriente pragmática, encabezados por Demóstones, liderarían la corriente contraria con propuestas como una alianza helénica contra el enemigo persa que dejaría, como no, fuera a los marginados y bárbaros macedonios.

        Quizás esta insubordinación hubiese estado financiada por manos y oro enemigo pero la verdad se esconde en pasajes de opinión y devastación como la que ocurriría en Tebas, cuya destrucción quiso ser ejemplarizante y reveladora del poder del nuevo monarca, como lo fue en su día la destrucción de Olinto a manos de Filipo. De Tebas sólo quedó en pie los templos y la casa del poeta Pítaro, mientras los ciudadanos eran convertidos y vendidos como esclavos por su osadía.

   

BLOQUE 2: IMPERIO DE ALEJANDRO MAGNO

        El proyecto unificador de Filipo se vio superado y desbordado por los logros de su hijo, Alejandro, uno de los personajes más mitificados de la antigüedad. Nacido el día que ocurrieron tres victorias para su pueblo, auspicio que los adivinos interpretaron como que había nacido un descendiente más de los dioses, un ser invencible. Realmente Alejandro sólo nació en el día en el que se comunicaron dichas victorias pero sin duda nació en una año plagado de éxitos para su pueblo, en un verano del año 356. Su trayectoria fue todo menos común, con 14 años ya era guerrero, con 18 general y a los 20, rey de la nación que le devolvería la paz al mundo antiguo.

        La tradición griega nos comunica la existencia de un hermano mayor, Filipo de Arrideo, que padecía de epilepsia o de alguna deficiencia mental, hecho que lo convertía en un posible peón, inservible para el liderazgo en opinión de un ejército de tradición tan belicosa y recién unificado. Por todo ello y desde su nacimiento, Alejandro sería tratado como heredero del plan unificador, comenzado por su abuelo Amintas III, e iniciado y llevado a cabo por su padre, Filipo II.

       Hijo de reyes, descendientes de dioses y héroes homéricos de la valía de Heracles y Aquiles, Alejandro mostró la propia en el campo de batalla como es muestra de ello su estrategia en la ala izquierda de la batalla de Queronea, cuyo resultado fue la ruptura de la disposición tebana.

         Alumno de Aristóteles y de Leonidas, personaje perteneciente a la rama materna de la familia, quienes le enseñaron una asignatura pendiente para los mandatarios de su país, la política,entrenándose no sólo duramente físicamente sino que se convirtió en el mayor estratega de todos los tiempos.

        No tenemos conocimiento sobre el aspecto físico de Alejandro; un escultor de la corte macedonia, el magnifico Lisipo, maestro de grandes, realizó un gran número de bustos sobre el monarca, éstos estarían rodeados por un halo de sensualidad que nos hace mirar con añoranza a las imágenes de los efebos clásicos. Suavidad que contrasta con la ferocidad representada en épocas anteriores. La helenización había llegado a Macedonia en muchos aspectos.

       Durante muchas campañas de Filipo, Alejandro tomó las riendas del Imperio de su padre, mostrando la aceptación al proyecto expansivo iniciado por éste y que él llevaría a la gloria. Nadie lo negaba como heredero hasta que en el año 337, Filipo volvió a contraer nupcias con Cleopatra, una joven dama de la corte macedonia. Un familiar de ésta en la celebración del enlace oró por el nacimiento de hijos legítimos para el reino, haciendo un insulto velado a Olimpia y a Alejandro, hecho que endureció los lazos con su progenitor. Todo ello acabó en una gran riña y la desaparición del heredero por un periodo de tiempo en el que se ocupó de las conquistas externas. Su regreso llegó con el asesinato de Filipo, quien fue incinerado y enterrado en el cementerio real.

El carácter de Alejandro estaría marcado por los siguientes rasgos:

•           Una extraordinaria capacidad estratégica y militar.
•          Un gran espíritu integrador a pesar de su marcado filohelenismo, cuyo resultado quedó probado en sus intentos de promover una integración greco-macedónica con los elementos orientales.
•          Gran capacidad administrativa que le permitió integrar el modelo oriental de las satrarpías un carácter heleno, sin variar en exceso el sistema.
•          Promoción del desarrollo económico y el comercio, que le impulsaron a construir y fundar ciudades  por toda la costa y satrarpía que conquistó.

         Alejandro dedicó sus primeros años de mandato en reafirmar su poder, consolidando la hegemonía macedonia, que se tambaleó con el asesinato de su padre; ratificando su poder en la liga de Corintio, realizando incursiones a sus enemigos más cercanos como los ilirios y, más tarde contra los tebanos a los que se sometió a una victoria apoteósica que pretendía ser ejemplarizante en el año 335, tan sólo un año después de la muerte de Filipo.

        Tras una fachada pública impecable los enemigos y pretendientes al trono de Alejandro fueron desapareciendo, tal y como lo había hecho su progenitor. Evitanto así las futuras amenazas. Al igual que Alejandro, en el año 336, Darío sería coronado Rey del Imperio persa, siendo el heredero y último miembro de la dinastía Arqueménida. Los enfrentamientos entre ambos comenzaron en el año 334, en el cual Alejandro sería condecorado con el título de Statego Autokrator, tal y como le había sucedido a su padre. Inició una gran expedición al continente asiático con un ejército greco-macedonio al que se les unieron numerosos contingentes mercenarios deseosos de las oportunidades de saqueo que les proporcionaba el monarca. En el año 334, cerca del río Gránico sucedió la primera gran victoria de Alejandro, la cual le proporcionó el control sobre las poleis griegas de Asia Menor, en las que no se encontró resistencia, excepto en Halicarnaso y Mileto. A continuación, en el año 333, se sucedió la batalla de Issos, que estuvo marcada por el ataque del propio Dario y sus tropas al campamento de heridos de Alejandro, finalmente en batalla el rey persa tuvo que huir. Esta victoria le franquó a Alejandro el paso sirio-palestino, es decir, Fenicia y Egipto.

        En este momento y ante la situación cada vez más descontrolada, Dario le ofrece un trato a Alejandro, la partición del Imperio persa en dos. El monarca macedonio rechazaría la ofrenda y partiría hacia Egipto, donde fundaría en el delta la ciudad de Alejandría. Efectuaría una peregrinación oracular al oasis de Siwa, donde se ubicaba el templo de Amón, dios que los griegos asimilaban como Zeus, en una acción de respeto por las tradiciones locales y en una perfecta maniobra política que lo coronó como faraón. En el año 332 finalizó la conquista de las satrarpías occidentales, por lo que Alejandro comenzó a preparar la estrategia para integrarse en el contingente asiático.

       En el año 331 sucede la batalla más relevante de la contienda, la batalla de Gaugamela. Gaugamela era una aldea no muy alejada de Babilonia, en el corazón del Imperio. Quizás su relevancia residiera en que fue la batalla mejor documentada por los Historiadores que acompañaban a Alejandro, y la que presentó el fin de la dinastía Arqueménida.

      Debido a la diferencia numérica, los generales de Alejandro, le recomendaron atacar por la noche, un ataque sorpresa, pero el monarca respondió “no robaré mi victoria”. Dario se había preparado para la ocasión, aumentó el tamaño de sus lanzas, poseía 200 carros con cimitaros pero aún asín ,nada pudo evitar la derrota y consecuente huida del monarca persa. Alejandro no quería a Dario muerto, su experiencia en un territorio tan basto como el persa le hizo saber que era mejor tenerlo como aliado, acto que no pudo llevar a cabo porque Dario fue asesinado por un conjunto de aristócratas liderados por Besos, quien fue centro de una terrible venganza*de Alejandro, quien acabaría con su vida.

       Ató al líder aristócratas distintos árboles tirantes, los cuales se soltaron desgarrando al individuo.

      Alejandro se hizo coronar conquistando las cinco ciudades más relevantes del Imperio, Susa, Ecbanata, Persepolis y Babilonia. Pero los vicios que comenzaba arrastrar el líder se manifestaron, tras el saqueo de la capital, Persepolis, decidió en plena borrachera destruir la ciudad, hecho del que se arrepintió ya sobrio. No contentándose con lo que este gran logro supuso, Alejandro continuó internándose en Oriente, derrotando tras una ardua batalla al rey Poros con el que formó una alianza en el año 326. La dificultad de la batalla despertó el miedo en el ejército alejandrino, quienes presenciaron como ganaban una batalla donde sus contrincantes también montaban sobre elefantes. Comenzó pues, la aventura de las satrarpías orientales, Bactriana, Sogdiana y Drangiana, cuyos líderes tribales supusieron un gran reto para el líder macedonio. Finalmente tras una herida de gravedad (una flecha le atravesó el pulmón) en la lucha contra los malianos, Alejandro no pudo seguir negando los deseos de sus hombres, comenzaron el retorno a casa.

      Tras su llegada a la India en el año 325, comenzaría su retorno. Se tomarían dos caminos, mientras Nearco llevaría a las tropas por la costa, Alejandro lo haría por el interior lo que supuso aún más pérdidas hasta su llegada a Susa.

     La muerte de Efeistón, leal amigo del monarca y, quizás, algo más, supuso el total declive de Alejandro que murió atenazado por las fiebres, probablemente producidas por la malaria endémica, en el año 323 en Babilonia, mientras preparaba la estrategia de la conquista de Arabia; su fin da paso a un nuevo periodo: el helenismo.

       Durante sus expediciones Alejandro, mantuvo ciertos rasgos que lo hicieron ser respetado a la vez que temido. La estrategia militar, la diplomacia y los pactos con las autoridades indígenas explican el amplio abanico de conquistas en tan poco tiempo. Él era consciente de la inferioridad numérica de su ejército pero ello no le amedrentó su ambición expansionista ni su papel como válido de la paz, sólo tuvo problemas en las regiones de Persia y Media, donde la cultura persa llevaba más tiempo asentada. Alejandro mantuvo básicamente el aparato administrativo persa, siendo este dirigido por griegos o indígenas leales a su persona y causa. A su vez estimuló la integración de las tropas en tierras iránias como es prueba de ello sus matrimonios con Roxanna, hija de un líder Bactrino, y la hija mayor de Dario. A la vez que sus soldados se licenciaban el monarca los establecía en núcleos clave, donde fueron grandes señores ricos en tierras. La fundación de núcleos urbanos, muchos de ellos con el nombre de Alejandría, tuvo además una evidente función comercial. Pero Alejandro sufrió un gran cambio, de heredero a líder panhelénico y valedor de la paz, de ésto a faraón, con la veneración que ello suponía; y más tarde a rey de Asia, su trayecto se enturbió, el monarca fue el centro de una gran asimilación cultural pero en ojos de sus antiguos compañeros de armas y líderes tribales, Alejandro se había convertido en un persa. Se vestía con sus ropas, deseaba los mismos tratos que sus líderes, entre ellos que se postraran ante él, acto que supuso la condena de muchos de sus antiguos camaradas ante su negativa, incluido de Calistenes, su historiador favorito. Todo ese honor, poder y responsabilidad en una sola persona acabó situándolo en territorio de nadie y es allí donde falleció.

Bibliografía:

- Starr, C. G. 1974. Historia del mundo antiguo. Madrid: Akal.
Castillo, A. D., Moretón Abón, C., Sanz Aparicio, A. M. and Montenegro Duque, A. 1987. Gran historia universal. Madrid: Nájera.
 Shipley, G. 2000. The Greek world after Alexander, 323-30 B.C.. London: Routledge.
Gómez-Pantoja, J. 2003. Historia antigua. Barcelona: Editorial Ariel.

Vídeos recomendados:

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Enlaces de interés
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- http://www.historiayarqueologia.com/profiles/blogs/la-tumba-de-alejandro-el-magno-en-anf-polis?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+arqueologos+%28ARQUEOLOGOS%29
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